Medellín, 11 de marzo de 2008
Durante toda su historia el territorio americano ha sufrido un azote colonialista que le ha procurado perder sus costumbres, arraigos, ritos espirituales y en general su cultura. Basándose en el estudio de la historia de Sur América y la conquista; se postuló la cosmovisión indígena. Aquella que fue condenada a la impureza de su sangre, pues los que la “conquistaron” no eran más que los ladrones y las peores personas de la estructura social de España. Entonces, que tanto debe agradecer América a la corona española su fabuloso encuentro; no se dieron cuenta que estábamos jugando escondidas y no queríamos ser encontrados. Lastimosamente, mataron una cultura inteligente y noble.
Para dejar un poco de lado esta discusión, tomo este camino: el criollo es un producto de una relación sexual entre un europeo y un indígena; o sea, aquellos nuestros orígenes, aquellos sin identidad propia, ni cultura pero que tenían un tinte más europeo que indígena y que fueron los que iniciaron con nuestra vida como nación, como pueblo, con nuevas costumbres y una vida “organizada” por unos parámetros.
Es así, como nace el Estado Colombiano, después de muchos cambios, donde se cedieron territorios, que hoy enriquecen a otros por la explotación de sus minerales. Este Estado en sus inicios estaba ligado a la Iglesia Católica gracias al legado de la enculturación europea; pero qué tan favorable era esta unión irrompible entre Iglesia y Estado. Siempre se ha considerado que estas son instituciones que no se pueden fusionar, pues no tienen un mismo fin, el de una es la redención de un pueblo “religioso” y la otra la organización de una nación.
Como nación nos diferencian de otras naciones unos símbolos patrios: una bandera, que no es sino el relato de una nación de sufrimiento, llena de guerras y ríos de sangre; de un oro que nunca hemos tenido, de un sol que no sale para todos y de un mar que no navegamos. Esos símbolos patrios no son sino una parafernalia, pues aquí no se tiene esa fabulosa abundancia que se muestra en los conos del escudo; tampoco tenemos un canal, gracias a la falta de “malicia indígena”, que tanto nos avergüenza y que por su ausencia hemos perdido territorio y disminuido cada vez más los límites de nuestras fronteras, con otras naciones que tienen nuestra misma bandera, nuestro mismo líder (Simón Bolívar) y habitan el mismo continente.
Bueno fuera que el tiempo retrocediera y Bolívar y Santander no discutieran y así pudiéramos vivir como una Sur América totalmente unificada; pero como dijo El General: “Cada colombiano es un país enemigo” (GABO 1989:240) y “todas las ideas que se les ocurren a los colombianos son para dividir” (GABO 1989:251). Y además, los Santanderistas no querían la integración de la Nueva Granada porque iba en contra a los privilegios de las grandes familias locales.

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